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oraciones

Espiritu Santo

Novena al Espíritu Santo

** Día cuarto **

Por la señal, etc.
Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
- Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
- Y renovarás la faz de la tierra.

Oración

Oh Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Veni Creatur Spiritus

Ven, Espíritu Creador,
Visita las almas de tus fieles
Y llena de la divina gracia los corazones,
Que Tú mismo creaste.

Tú que eres el Paráclito
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, y amor, y fuego ardiente,
Y espiritual unción.

Tú, septíforme en dádivas.
Tú, dedo de la diestra paternal;
Tú, promesa magnífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar;

Con tu luz iluminas los sentidos,
Los afectos inflaman con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.

Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro Guía,
Toda culpa logremos evitar;

Danos tu influjo a conocer al Padre,
Danos también al Hijo a conocer,
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Ti creamos con sincera fe.

Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito
De siglos en la eterna sucesión.

Oración

Oh divino amor, oh lazo sagrado que unes al Padre y al Hijo, Espíritu Todopoderoso, consolador de los afligidos, penetra en los profundos abismos de mi corazón. Derrama tu refulgente luz sobre estos lugares incultos y tenebrosos, y envía tu dulce rocío a esta tierra desierta, para reparar su larga aridez. Envía los rayos celestiales de tu amor hasta el fondo más misterioso del hombre interior, a fin de que penetrando en él, enciendan el vivísimo fuego que consume toda debilidad y toda languidez. Ven, pues, ven, dulce consolador de las almas desoladas, refugio en los peligros y protector en las tribulaciones. Ven, Tú que lavas las almas de sus manchas y curas sus heridas. Ven, fuerza del débil y apoyo del que cae. Ven, doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. Ven, padre de los huérfanos, esperanza del pobre y vida del que comenzaban a languidecer. Ven, estrella de los navegantes y puerto de los náufragos. Ven, fuerza de los vivos y última esperanza de los que van a morir. Ven, oh Espíritu Santo. Ven, y ten misericordia de mí. Dispón de tal suerte mi alma y condesciende con mi debilidad con tanta dulzura, que mi pequeñez encuentre gracia delante de tu grandeza infinita; mi impotencia delante de tu fuerza, y mis ofensas delante de la multitud de tus misericordias; por Nuestro Señor Jesucristo mi Salvador, que con el Padre vive y reina en tu unidad por todos los siglos de los siglos. Amén.

(San Agustín, Meditaciones, IX)

Meditación del día

Te he amado demasiado tarde

Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva: te he amado demasiado tarde. Tú estabas dentro, y yo fuera; y aquí era donde te buscaba. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo; y tus obras que sin Ti no habrían existido, me retenían lejos de ti. Daba vueltas alrededor de ellas buscándote; pero deslumbrado por ellas me olvidaba de mí mismo. Pregunté a la tierra si era mi Dios y me respondió que no; y todos los seres que están en ella, me hicieron la misma confesión. Interrogué a todas las criaturas y me respondieron: nosotras no somos tu Dios: búscale sobre nosotras. Y volví a mí; entré dentro de mí mismo y me dije: ¿y tú quién eres? Yo me respondí: soy un hombre racional y mortal.

Y comencé a discurrir lo que esto significa. Profundicé desde más cerca la naturaleza del hombre y dije: ¿de dónde viene tal ser? Señor, mi Dios, ¿de dónde viene, sino de Ti? Tú eres quien me has formado a mí mismo. ¿Quién eres Tú, por quien todo vive, Tú, por quien yo vivo?

¿Quién eres Tú, mi Señor y mi Dios, único poderoso, único eterno, incomprensible, inmenso, que siempre vives y en quien nada muere?

¿Quién eres Tú, y qué eres para mí? Dilo, oh misericordia mía, dilo a tu pobre siervo. Dilo en nombre de tu bondad: ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salud. No me ocultes tu rostro, no sea que muera. Déjame dirigirme a tu clemencia, a mí que no soy más que tierra y ceniza.

Déjame hablar a tu misericordia, pues ella ha sido grande sobre mí. Dime, responde, oh misericordia mía, en nombre de tus bondades, ¿qué eres Tú para mí? Y he aquí que has hecho resonar una gran voz en el fondo de mi corazón y has roto mi sordera. Me has iluminado y he visto tu luz y he comprendido que eres mi Dios; he aquí por qué te he conocido. Sí te he conocido y he sabido que eres mi Dios. He creído que eres el verdadero Dios y el que has enviado es el Cristo. Malaya el tiempo en que no te conocí; malaya esa ceguedad que me impedía verte; malaya esa sordera en la que no te oía; malaya el tiempo en que no te he amado. Te he amado demasiado tarde, oh belleza siempre antigua y siempre nueva. ¡Te he amado demasiado tarde!

(San Agustín, Soliloquios, Confesiones)

Veni, Sancte Spiritus

Ven, oh Santo Espíritu,
   y del alto empíreo
Un rayo de tu luz dígnate enviar;
Ven, dador de dádivas,
   Padre de los míseros,
Ven, nuestros corazones a inflamar.

Huésped de las almas,
   Dulce refrigerio,
Optimo y eficaz consolador;
   Bálsamo en el llanto,
Tregua en la fatiga,
Plácida sombra en festival ardor.

Oh luz dichosísima!
Llena lo mas íntimo
De las entrañas en tu pueblo fiel;
Pues nada en el hombre,
   Sin tu excelso numen,
inculpable ni justo puede haber.

Lava allí lo sórdido;
   Riega lo que es árido;
Sana lo que sufrió golpe mortal;
Dobla ya lo rígido;
   Arda al fin lo gélido;

Lo descarriado ven a gobernar.
Calma aquí a tus fieles,
   Los que en Ti confían,
De tu sagrado septenario don;
   Dales gracias y mérito;
Dales feliz éxito.
Y el celestial eterno galardón.

Oración al Espíritu Santo

Espíritu Santo, Tú que me aclaras todo, que iluminas todos los caminos para que yo alcance mi ideal. Tú que me das el don divino de perdonar y olvidar el mal que me hacen y que en todos los instantes de mi vida estás conmigo, yo quiero en este corto diálogo agradecerte por todo y confirmar una vez más que nunca quiero separarme de Ti, por mayor que sea la ilusión material. Deseo estar contigo y todos mis seres queridos en la gloria perpetua.

Gracias por tu misericordia para conmigo y los míos. Amén.

El Magnificat

   Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu ha saltado de regocijo en Dios mi Salvador.
   Porque ha mirado la humildad de su sierva, y he aquí que ya todas las generaciones me llamarán bienaventurada.
   Porque el que es omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su nombre es santo.
   Y su misericordia se propaga de edad en edad sobre todos los que le temen.
   El desplegó la fuerza de su brazo; disipó los designios que los soberbios formaban en su corazón.
   Derribó a los poderosos y ensalzó a los humildes.
   Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.
   Levantó a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.
   Según había prometido a nuestros padres Abraham y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración a Nuestra Señora

Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección e implorado tu socorro haya sido abandonado. Animado de esta confianza, oh Virgen de las Vírgenes, vengo a Ti. Gimiendo bajo el peso de mis pecados me postro a tus plantas. No desprecies mis oraciones, oh Madre del Verbo, sino escúchalas y dígnate acogerlas favorablemente.

Siete Padrenuestros, con Avemarías y la Gloria, para alcanzar los dones del Espíritu Santo.


Con aprobación de la Arquidiócesis de Medellín
Puede imprimirse
MANUEL JOSE
Arzobispo de Medellín: marzo de 1931

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