año 9 - número 3
Otoño 2003

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Foto: Lourdes N. de Almeida


Flores en el Cielo

"Del tremendo ardor del fuego del purgatorio se levanta un lamento a Tu misericordia. Y reciben consuelo, alivio y refrigerio en el torrente de Sangre y Aguaderramado"

- Diario de Santa Faustina (1227)

La conmemoración de la Fiesta de Todos los Santos nos recuerda que llegará el día en que comparezcamos ante el tribunal de Cristo para recibir lo que merecemos por nuestras obras (2 Co 5, 10); allí estarán incluso nuestras acciones secretas (Rm 2, 16). Será el tiempo de la misericordia (2 M 7, 29). Que sea ella la que nos juzgue (Ne 13, 22) y no nuestra conducta, nuestras palabras y nuestras obras (Ez 24, 14). La comunión de los santos supera el umbral de la muerte. Es una comunión que tiene su centro en Dios, el Dios de los vivos (cf. Mt 22, 32). "Dichosos los muertos que mueren en el Señor" (Ap 14, 13), leemos en el libro del Apocalipsis. Precisamente la fiesta de Todos los Santos ilumina el significado de la conmemoración de Todos los fieles difuntos. Esta es una jornada de oración y de profunda reflexión sobre el misterio de la vida y la muerte. "Dios no hizo la muerte" -afirma la Escritura-, sino que "todo lo creó para que subsistiera" (Sb 1, 13-14). "La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2, 24).

Qué maravilloso es el futuro de los justos. Ellos brillarán como el sol en el Reino del Padre (Mt 13, 40-43) y se saciarán del semblante de Dios (Sal 17, 15). Otros jamás verán tu rostro (Jn 5, 29) y sufrirán la segunda muerte (Ap 20, 14). Y otros estarán ante Ti sin pecados de muerte (1 Jn 5, 16-17), no condenados pero tampoco limpios; son obreros que tienen que pagar (1 Co 3, 13-15; Lc 17, 7-10) y no pueden ver a Dios (Mt 5, 8) porque nada impuro entra al cielo (Ap 21, 27).

Foto: Lourdes N. de Almeida

Ellos, Dios de nosotros (Gn 17, 8), se ven ante Ti tal cual son, ya no padecen nuestra confusión de hombres sino que lo ven todo claro y se conocen como son conocidos por ti (1 Co 13, 12) y por eso sufren ante el devorador fuego de tu amor (Hb 12, 29), que es el fuego del juicio ((Is 66, 15); se saben indignos de presentarse ante Ti, indignos de ver tu rostro (Sal 90, 8). Oh, Dios de los ejércitos, ante cuyo trono están el fuego y el jardín de las delicias (Jl 2, 3) invocamos tu Misericordia para ellos. Aligera su purificación, pues has dicho que quemarás nuestras impurezas hasta quitar todo lo sucio que tengamos (Is 1, 25).

La misericordia Divina es lo único que lleva a la vida eterna (Jd 1, 21). Señor de la Misericordia (Sb 9, 1), no tardes más (Sal 71, 6), no te quedes lejos de las almas que esperan en el purgatorio la entrada en tu Santuario (Sal 22, 20). Ten piedad de ellas, Dios Mío, por tu gran corazón borra sus faltas (Sal 51, 3) y dales cuanto antes la salvación que regocija (Sal 51, 14). "Te lo suplicamos; no esperamos nada de nuestros méritos, sino que confiamos en tu gran misericordia" (Dn 9, 18).

Foto: Diario El Sol de Puebla

Cuando recordamos a nuestros difuntos, Dios que dispones todo para nuestro bien (Esd 8, 18), indícanos el camino. ¿Cómo acercarnos más a nuestros seres querídos que han iniciado el viaje de retorno a tu seno? Nos sentamos a comer sobre las tumbas de quienes ya han sido devueltos al polvo, para meditar sobre la vida y la efímera existencia terrenal. Preparamos variados platos para nuestro deleite, sabiendo de los gustos de los que estaban con nosotros aun en vida, llevamos músicos al cementerio para complacer nuestra necesidad de desahogo, pero ¿Qué sentido tienen todas esas cosas si no buscamos en vida acercarnos a Dios? Las celebraciones no deben oreintarse a nosotros mismos, sino hacer todo para Dios y en su nombre, dedicados a la obra del Señor en todo momento (1 Co 15, 58). Así, ¿Cómo no hemos de interceder por los demás si nuestro deber es orar y suplicar (Ef 6, 18)? Sí, que la gracia de Dios ponga un cántico en nuestros corazones para orar (Col 3, 17), y que lo hagamos por quienes ya han partido (2 M 12, 43). En las palabras del Santo Padre Juan Pablo II "En la luz de Dios recordamos a todos los que han dado testimonio de Cristo durante su vida terrena, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Nos alegramos con estos hermanos y hermanas nuestros que nos han precedido, recorriendo nuestro mismo camino, y que ahora, en la gloria del cielo, gozan del premio merecido. Ellos han sabido ir contra corriente, acogiendo el ‘sermón de la montaña’ como norma inspiradora de su vida: pobreza de espíritu y sencillez de vida; mansedumbre y no violencia; arrepentimiento de los pecados propios y expiación de los ajenos; hambre y sed de justicia; misericordia y compasión; pureza de corazón; compromiso en favor de la paz; y sacrificio por la justicia. (cf. Mt 5, 3-10)

Foto: Diario El Sol de Puebla

¿Cómo no hemos de ser misericordiosos con aquellos que sufren de la propia vista de sus pecados en la cercanía de Dios, con la esperanza de que lo verán pero sin la certeza del término para que ello ocurra (Ml 3, 2-4)? ¿Cómo no orar por ellos si además hay bendición para los misericordiosos (Mt 5, 7; Mt 7, 2)? ¿Cómo ignorar la misericordia? La misericordia del Señor es lo importante (Rm 9, 16 ) y se renueva cada mañana (Lm 3, 22-23). ¡Dichosos los que confían en Dios (Sal 84, 13)! ¡Que esas oraciones sean como flores en el cielo para los difuntos! Que ellas "Expandan un olor agradable como el incienso, que se abran sus flores como el lirio, den su perfume y entonen un canto. ¡Bendigan al Señor por todas sus obras!". (Sir 39, 14)

"En cuanto a mí, confío en tu bondad; conoceré la alegría de tu salvación y cantaré al Señor que me ha tratado bien" (Sal 13, 6). Te suplico que no permitas que mi camino se desvíe sino que desde ahora hazme vivir según tus juicios. (Sal 119, 156)

"Oh, alma mía, adora al Señor por todo y glorifica su misericordia, porque su bondad no tiene límites" (Diario, 423). Bendito y alabado seas, Señor del perdón (Ne 9, 17), me confío desde ahora a tu misericordia (Sb 12, 22),"… quiero ser olivo vigoroso en la casa de Dios, en el amor de Dios yo me confío para siempre jamás" (Sal 52, 10). Amén.

 

 

 

 

  

 

 

 

 


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